Sucio tango del alma
"Este libro es un baile. Una danza lenta, elegante y triste. Los poemas se suceden con la desesperación del dolor, con esa belleza que sabe de sangre, de locura, de recuerdos. Memorias rodadas por la cámara fotográfica de la página blanca. Y alrededor el humo, la cerveza amarga, las canciones que sólo escuchas cuando estás a un paso de la desolación”

Óscar Martín Centeno
Partida de billar

Brillan igual que espejos
las bolas sobre el llanto de la tela,
y se esconden y gimen
dentro de los oscuros agujeros, como si fueran voces
de una vida que estrella sus latidos
contra el verde incendiado del tapete.

Quiero que esto se acabe, y sin embargo
mataría por ver cómo empieza de nuevo;
por eso dejo que me abrase el humo,
mientras el ruido asciende hasta la espina helada
que clavaste en mis ojos,
y en esta mesa triste
rueda otra vez el rito de la historia.
Bajo el llanto dolido de Discépolo
tartamudean luces fluorescentes,
y yo tiro al billar
en el tango invisible de tú y yo
mordiéndonos el alma.

Qué música podría condensar la tristeza
a la vez que el deseo, qué canciones
llevarían al pecho este dolor
que pasa de puntillas
sobre el calor helado de tantas noches juntos.
Los labios son racimos
de una rueda salada. Y estos dedos
intentan desnudarte en la memoria, y esta sangre
se mezcla en el calor de medianoche
con la cerveza amarga
de la desolación.
Porque fuiste el principio y el final,
la alegría y el llanto, la caricia que tiembla
y el arañazo eterno
que maldita la suerte si algún día
llega a cicatrizar.

Todo lo que intentamos
mientras éramos ángeles: la vida
sobre el funambulismo de querernos
en un hilo de llanto, las mañanas
que cosían pedazos de mi cuerpo
a la luz de resacas incontables, las pastillas
tatuadas al insomnio,
y el aire vuelto azufre
en la maraña azul de los pulmones.

Amarte fue difícil
como hacer un milagro,
y sin embargo creo
que a pesar del dolor de cada golpe
jamás dejamos de intentar el baile.
Con palabras, con gestos, en la lluvia
de la lujuria ardiente, en el cariño
salpicado de lágrimas. Te quise
y nadie va a quitarme
el amor que te di. Las quemaduras
dentro del corazón,
la alegría, la rabia
y el saber que imposible es sólo aquello
que una noche te cansas de intentar.

El resto ya no importa
porque puede explicarse con palabras.




Como un conjuro ardiente

Trato de no seguir mirando
el relámpago mudo de tu cuerpo,
las raíces
que extiendes en mi piel, y aquellas manos
de eléctrica tristeza
que sembraban de luz y escalofríos
todos mis pensamientos.
Pero si estiras
lentamente tus brazos,
recogerás ciruelas luminosas
de las ramas oscuras que te ofrece mi mente.
Porque lo ocupas todo,
el bosque del dormir y los parajes
de la vigilia, y mis palabras tiemblan
cada vez que te nombran
como nubes mecidas por el llanto
de la respiración.

Por eso araño
los árboles nocturnos, y repito
las sílabas que prenden tus cabellos,
hasta que va tu imagen anegándose,
como un conjuro ardiente,
en la luz de su propio torbellino.
Y allí me envuelves, y me besas,
y me abrasan las llamas de tu incendio.
Con voz cansada y ronca

Conservo entre mis párpados
cada leve mirada, y sobre ellas
el oleaje de la decepción, el asco amargo
de mi debilidad,
y aquel largo silbido
que me prendía el diablo sobre el pecho
para intentar salvarme.
Porque apagas el mundo
cada vez que me miras, cada vez
que arañas la memoria para hablarme
y empujas mis palabras
río arriba en las barcas del poniente.

Allí aprenden a aullar y a sonreír
en un largo sollozo que de noche
te pone en sueños
un vestido de besos y arañazos
y la piel de gallina a las estrellas.
Cuando después el vino
celebra entre el recuerdo de tus piernas
la larga cacería,
recito a voces,
totalmente borracho,
los versos que encontré bajo la carne.
Y hago llorar a solas,
con voz cansada y ronca,
la blanca soledad de las paredes.




Cuando bailo contigo

Desenredo entre sueños
cada paso de baile, y en la música
busco las sílabas que encienden
tu dorada melena,
mientras esta milonga va anegándonos
en el sudor herido que persigue el deseo.
El humo escala el aire
como un dragón sonámbulo,
los billares resuenan
al fondo de la pista, y los poemas
toman nota de tacos y canciones
mientras tu y yo rozamos las mejillas
en el juego secreto de una dulce lujuria.

El mundo es sólo el ruido
que repite su giro en esta oscura sala,
mientras ruedan las copas
entre las manos tristes
y el latido abrasado de viejos corazones.
Esta noche quererte
es un paso de tango,
bandoneones
tiran de tu cintura, y en mis ojos
se despliega el infierno
de tu cuerpo incendiado por la boca del ansia.
Tan solo espero que si acaba el baile,
y aquella música
que enciende el vino añejo se detiene
con un mal despertar,
ya no recuerde nunca
este momento en que soñarte
es oler en tu piel la vida que me falta.
Mientras te haces eterna

Cómo es posible
que sigas recorriéndome los sueños
con la bandera blanca de tu voz
en esta tierra muda
que cruzan los senderos de la noche.

Tu imagen me tortura
como si el diablo fuera
destejiendo mis sábanas
sobre la larga siesta de un despiste divino.
Y no hay nada que hacer, me vas tomando
lentamente la vida, mientras cuelgan
de los jirones tristes de mi alma
mil pequeños dolores. En la almohada
se revuelve la arena, entre mis manos
corre el desierto vuelto soledad.
Dónde la luz, y dónde
la sentina del sueño, la caricia
de la desolación;
dónde la estúpida mañana
que se demora siempre despidiendo gaviotas,
al otro lado del cordón del mar,
mientras te haces eterna,
entre las pesadillas
y los lentos latidos que retuerce el insomnio.




Cuando muera la carne

Y todavía gritará el deseo
cuando muera la carne; todavía
me brillará en el alma la tormenta de arena
del tacto de tu piel, y la lujuria
que me araña esta noche, mientras lleno
una vez más mi copa,
maldiciendo la luna que te brilla en los ojos.
Todavía verás
bailar al fondo de este puerto en ruinas
los tatuajes que el viento fue cosiendo en mis párpados,
las farolas dormidas velando en las aceras
nuestra eterna derrota, y el suspiro
que tira de las lágrimas
las noches en que duermen los leones.
Porque mientras me acabo
los dos dedos de whisky, y me abandona
la sal de tu mirada, escuece igual
el rito de tu ausencia remontado el pasado,
y el dolor que me baila en las costillas
su tango arrepentido
de amor y decepciones.

Puede que nuestra historia
se me borre de dentro, pero el hambre
que me llora en las palmas de las manos,
y desgarra las sábanas, y tiembla
como un gato perdido,
nada sabe de todas esas cosas;
y seguirá buscando el temblor de tus pechos,
y el calor de tu alma, más allá
de todo lo que soy,
lejos de esta miseria,
en los reinos secretos que gobierna el olvido.



El viento de poniente

El viento de poniente
logrará enloquecernos. Me persigue,
grabando sus pisadas
a través de las calles de la noche,
igual que una jauría de invisibles albatros.
Y humedezco mis dedos en el vino
escondido en un bar, y me santiguo
para que no me coma las entrañas,
ahora que me muerde con tu rostro, y me flagela
con los versos de Rilke; y en mi alma
se ahogan en el fango
los ángeles que fuimos.

Cuánta desolación. Y cuánta ruina.
Ahora que nos saca de nosotros
el viento de poniente, y nos obliga
a mirarnos de cerca.
Las faltas, los pecados, lo imposible
de hallar absolución
para tanto placer, y tantas ansias
de asir entre los dientes el calor de los cuerpos.

Vete de aquí, y esconde pronto
el rostro entre tus manos,
corre a cerrar
las oscuras cortinas de tu casa.
Y olvidemos, si ya no es imposible,
que hace siglos, en una noche ardiente
de verdades a medias,
tú y yo nos encontramos.
Fundación Valparaíso
Premio Internacional Paul Beckett

Fue a conciencia pura
que perdí tu amor
solamente por salvarte”


Enrique Santos Discépolo, Confesión


Premier soir

Con tu mano en mi palma
como espuma en la ola, como canto
en el aire, empezamos
a fundirnos el uno sobre el otro.
Y mientras se acercaban las estrellas
a los lentos sollozos de la brisa,
tu pecho respiraba enmudecido
liberando la piel,
las ropas y las máscaras,
como si en el jadeo intermitente
que mecía los cuerpos sobre el sudor del mar,
el temblor de tu boca entre mis labios
y tu voz en mi aliento,
cantaran la caricia
que desborda por fin la Creación.


Al quedarte dormida

A veces te observaba
bajo la medianoche,
mientras hinchabas con tu aliento triste
la redondez helada de la luna.
Y en ella ibas sembrando
los lentos girasoles
que seguían la luz del corazón,
como pupilas rubias de donde algunas veces
brotaban los jirones luminosos
de aquella agua marina
que aquí abajo solemos llamar llanto.


Soñando una caricia

Tumbo tu cuerpo entre mis manos
y lo acaricio inmóvil,
como si te rozara
con el susurro triste de los dedos
y tu piel encendida se volviese
un sollozar de huellas digitales.
Así guardo memoria para el tacto
del sudor que corría por tus poros,
del temblor de tus pechos, y del aire
que encima de tu piel reverberaba
en la noria secreta que prendía el amor.

Escucha la primera parte del libro en audio, recitada por el autor: