EL VIAJE SECRETO DE ODISEO



“Patroclo cayó como cayeron Héctor y Aquiles mientras prevaleció Ulises, el astuto”. Stefan Zweig

Las aventuras de Odiseo son un claro ejemplo del pragmático refrán español: Más vale maña que fuerza. Pero este héroe no logra sobrevivir únicamente por sus cien mil mañas y sus cien mil trucos, sino por sus trampas con el lenguaje, sus disfraces y sus engaños. Es bien conocido el episodio con Polifemo en el que se hace llamar Nadie o el dilema que propone cuando afirma en el canto XIX, que es de Creta, pueblo mentiroso por antonomasia; pero no es mi intención iniciar un juego de lógica, sino señalar la habilidad de Odiseo para confundir. No quiero tampoco que pueda pensarse que lo estoy menospreciando: en su Diálogo sobre la falsedad, Sócrates observa que es más sabio el que sabe mentir que quién dice la verdad porque no le queda otra.

Óscar Martín Centeno, abre las páginas de Circe con la siguiente indicación: Dramatis personae: Odiseo, Tiresias. Desde el principio, advierte que lo que viene a continuación es un drama; en realidad, no es una colección de poemas, sino un largo monólogo dividido en secuencias –o mejor, en fases- entre las que, a veces, interviene Tiresias con sus visiones fuera del tiempo. Los poemas, por tanto, no son piezas independientes, sino que se van articulando siguiendo un proceso o una dramaturgia. Pero también, y esto es importante, significa que están dichos por este personaje, Odiseo, del que no se sabe si está diciendo la verdad mintiendo o si miente diciendo la verdad. El otro hablante es Tiresias, el profeta ciego, que tuvo la singular experiencia de vivir durante siete años en el cuerpo de una mujer, con lo cual, las voces de este libro que trata de una maga, saben de transformaciones, máscaras y encantamientos. Pero para redundar, como el que esto escribe es un poeta, un fingidor, el bucle se convierte en una encrucijada de posibilidades. Óscar Martín Centeno se hace pasar por Tiresias y Odiseo para lograr, mediante el simulacro de la forma, la sinceridad de la poesía, porque en la poesía, como en cualquier disciplina del Arte, en el la perfección del artificio estriba su autenticidad. El leguaje de la poesía y de la fábula no está hecho de mentiras sino de otros cristales para ver la realidad.
Circe, como Penélope, trabajaba en un gran telar. Sin embargo, en este poemario, lo que teje son filtros y secretos. Más que el telar, Martín Centeno elige en varias ocasiones la metáfora de la rueca o la rueda, o la noria. Eso es interesante, porque mientras que en el telar existe la libertad de hacer, de deshacer y de rehacer, la labor del hilado es una progresión inexorable. La rueca es el destino de un hilo único que no se puede modificar; la noria, una recurrencia; la rueda, el movimiento eterno del instante; por eso, los monólogos de Odiseo, aunque recogen estados sucesivos, están expresados desde el presente. Circe, no es una elección sino un decreto y es por eso que Odiseo se somete a esa suspensión de su viaje. Podía haber utilizado sus argucias para salir de allí desde el primer momento, aunque de hecho, ni siquiera eso hubiera sido necesario pues, cuando por fin decide irse, no tiene más que embarcarse. Circe, la maga, la hechicera, la sabia, la alquimista, no es dañina para Odiseo. Lo atiende y lo agasaja, pero no lo retiene. Con generosidad, prepara su camino de regreso, le advierte de los peligros de la ruta, le aconseja. Incluso le regala una brisa que le ayude en su marcha.
Hay varias fuentes que hablan del mito de Circe. Según Homero, esta diosa se dedicaba a convertir a los hombres en animales, aunque la especificación de cerdo es la más divulgada. Dice además, que estos animales estaban en corrales, por lo que se les supone alimentados y atendidos. Dado que no nos han llegado noticias del jamón de Eea, no se comprende el propósito de esta metamorfosis que sólo le reportaría trabajo y ninguna compensación, por eso se considera más bien este episodio como una alegoría sobre los varones que no saben controlar sus instintos y se comportan como bestias. No es el caso de Odiseo. Las personas astutas como él tienen una gran sangre fría y si son capaces de dominar cualquier situación, esto se debe precisamente a que ninguna pasión ni emoción hace presa de ellas. Por eso son inmunes a las seducciones de cualquier índole. Para Homero, es Apolo el que la da un antídoto contra la magia de Circe, pero no hay que olvidar que Apolo significa el triunfo de la razón frente al desenfreno de Dionisios, que es el dios del placer y la sensualidad. Efectivamente, Odiseo, parece que simplemente se deja querer. ¿Qué va a hacer si no, el pobre, cuando toda una diosa se le pone a tiro?
Homero, explica que es Circe la que se enamoró de su huésped. Según Martín Centeno es Odiseo quien, aún cuando se niega a reconocer ese sentimiento, se ha enamorado de la diosa sin necesidad de hechizos ni de elixires. Conforme avanza el poemario, esta ansia de él por ella se va haciendo más patente, pero sin llegar jamás a embrutecerlo. Lo malo, es que tampoco lo llega a hacer salir de sí mismo. Odiseo se debate entre el deseo de entregarse y la voluntad de resistir. Ve en ella su salvación y su abismo. No pronuncia la palabra amor sin enlazarla a la del odio, maldice y suplica, se reprocha y reprocha. El miedo a comportarse como un animal le impide admitir que es un ser humano. El miedo al poder de una mujer le impide abandonarse a ella como un hombre enamorado. Así, aunque desde principio, Odiseo manifiesta obedecer a los deseos de su anfitriona, maldiciéndose por ello y culpabilizándose por sentir y desear, no por eso ha perdido la cabeza. Sin embargo, poco a poco, a lo largo de las páginas va adentrándose en el mar de sus tempestuosas emociones y se acerca hasta el límite de la ciudadela. Se detiene ante la muralla y entrevé por las rendijas el fondo de su corazón, repitiendo en cada latido el nombre de Circe. Y es entonces cuando, el que traspasara las fortificaciones de Troya y la hiciera llamear en la noche como una estrella inmensa, no se atreve ni siquiera a llamar con los nudillos a su propia casa. Y corta el hilo de la devanadera. Y se lanza a la mar huyendo de sí mismo.
Tiresias, que ve el futuro más allá de los siglos, sabe que todavía falta mucho para que Odiseo abandone sus cien mil ardides y deje de engañarse. Sabe que nadie escapa de los peligros de la navegación ni de los caballos de madera cambiando de canal; que vivimos confiando en las videocámaras mientras pueden estallar mochilas por control remoto; que preferimos narcotizarnos a gozar, devorar el mundo en vez de disfrutarlo, disfrazarnos para no reconocernos. Pero quizás haya visto también otra clase de héroes surgiendo después de que arda el mundo que ahora percibimos. Y haya escuchado otra clase de palabras para otra clase de historias donde las Circes no sean temidas, ni la ternura, debilidad; ni la rendición, cobardía; ni el heroísmo, asesinato.
El personaje de Circe, aunque lleve su nombre el libro de Martín Centeno, no existe como sujeto. Solamente forma parte de un designio que Odiseo tiene que cumplir para hacernos llegar a través de tres mil años un nuevo mensaje. En definitiva, en ese retiro de Eea a su cuidado, el protagonista de este poema-drama inicia el viaje hasta el límite de la Ítaca secreta que aguarda en su interior. La Ítaca de los luchadores desarmados, de los valientes sin escudos protectores, de los héroes sin máscaras, de los enamorados sin mentiras; la Ítaca del corazón sin parapetos. Pero todavía le quedan algunos versos más para alcanzarla. En el último poema, está su última etapa del viaje. La última noche. La noche del encuentro con las palabras verdaderas aceptadas y pronunciadas al fin. La noche del abandono a la angustia o la calma.

Ana Rossetti