Circe, de Óscar Martín Centeno (Alhulia Ed. 2011)

Viene la poesía española de los nacidos hacia 1975 es decir, de la promoción de Óscar Martín Centeno, marcada por la ironía y el fragmento, el desasosiego y el discurso más o menos opaco, en un funambulismo entregado a la cerrazón del signo. Martín Centeno sin embargo no se reivindica desde el fragmento irónico, o sensibilidad de la retaguardia y sensibilidad, ni desde las poéticas de la desolación duras, no quiere explicar a Heidegger como telos, ni hablar sobre la finitud del sujeto, y cuanto auspician desde él: el ejercicio de muerte o la meditación sobre ella. “La poesía de muerte que es filosofía”, o las proteicas formas del poema desolado en sus revisiones desde Valente y Sánchez Robayna y finalmente sustituidas por la mirada irónica y fragmentada, ashberyana en los jóvenes. No entra en el nuevo diálogo entre metapoéticos y sentimentales, cuando la psicología social se refugia en el desencanto o la ironía de 1975 lícitamente, con el salto encogido del estado, no siempre existente, supo Camus. El mundo de la poesía no se circunscribe al de los deshabitados, bien perfilado por Juan Carlos Abril y José Andújar. La prueba está en otro tipo de concepción del poema llena de oficio y sentido del zamorano Óscar Martín Centeno. Que se reivindica desde un marco mítico, para escribir poesía del deseo y reflexiva. Para mostrarse con personalidad precisa desde poéticas menos fragmentadas, claras si me perdonan.
Circe, la maga, es un poema narrativo poco al uso bajo la apariencia de una recreación. O un drama lírico alegórico, con muchas trampas bajo el embalaje necesario que jurado del Antonio Gala, supo leer bien en su encubierta reflexión existencial, Cuando llevas contemplando este mundo/ durante tantos años/ empiezas a entender los mecanismos,/ a ver los engranajes, / a esperar consecuencias. O la bendita claridad alternativa de los estupendos Más allá de esta noche. Pero frente al discurso monotemático del dolor y la conciencia de las estéticas de la sospecha, en Circe canta también el deseo en los estupendos El pulso de mis pasos o Cicatrices de sombra reivindicando el deseo en su precariedad existencial. Volcánico a veces, anhelando esa consumación en el otro, casi a la manera aleixandrina, Porque arder es vivir en el otro, cantan reclamados en la segunda parte del libro con Jorge Souza, Nosotros los que ardemos…con nuevos lenguajes y referencias (facebook). Así el poeta se sitúa en la resistencia amorosa ante la desolación, inevitable, como salvación. Y se refugia en esa precariedad donde el deseo sostiene y salva la lenta melodía de tu cuerpo y mi cuerpo, para habitar un mundo inhabitable. Con esa suma de virtudes al encontrar un marco donde situar a sus personajes. Con ese sentido constructor, legibilidad y cuidadoso sentido del ritmo, como corresponde a un músico, llega esta falsa recreación del mito, que habla de nosotros encubiertamente. Ya había avisado Óscar Martín de sus posibilidades en poemarios anteriores, pero los ha sabido concretar ahora bajo los filtros de esta bella hechicera, que detienes el tiempo. Y con el suyo el nuestro, encantados también por este saber sentir muy de su época, pero muy distinto en su clasicismo enfervorecido, al de sus compañeros de promoción, en cuyas antologías habrá que incluirle por derecho propio.

Rafael Morales Barba